miércoles, 9 de mayo de 2012

Sin pretensiones

Este relato forma parte del Juego de Primavera, que organiza Paty C. Marín. Os dejo un enlace a la entrada donde lo explica todo: Juego de Primavera

Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo.


De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3. No pudo evitar sentirse inquieta por las sensaciones que ese hombre le suscitaba, desde el más crudo deseo hasta la confusión, no sabía el motivo, pero sentía que él estaba allí cada noche esperándola. Decidida a ignorar su presencia se sentó en el único asiento vacío y se dispuso a adelantar un poco la lectura de esta noche. Quizá así tendría tiempo a darse un relajante baño de espuma, en vez de la ducha que siempre le esperaba. Las líneas de la escritora la tenían totalmente atrapada, intentó imaginarse a ella misma como protagonista de tan ardiente historia, pero fracasó estrepitosamente. Ella no era ardiente, no era sensual y desde luego no era una belleza.

Miró el reloj del vagón y se dio cuenta de que estaba apunto de llegar a su destino, sus ojos se cruzaron con el extraño y no pudo escapar de su lujuriosa mirada. Ahora tenía claro que no solo la observaba, sino que también la deseaba y eso la perturbaba enormemente. Al aproximarse a su parada se irguió y se aferró lo mejor que pudo a la barra, pero por sus manos resbalaron justo cuando el metro realizó su parada y se hubiese caído de no ser por las cálidas manos que ahora la mantenían en posición vertical. Se dio la vuelta con una mezcla de expectación y vergüenza, sabía que esas manos solo podían pertenecer a una persona.

-Lo siento- logró articular Ámber.

-No te preocupes- dijo sin llegar a soltarla – Creo que esta es tu parada.

-Si, gracias- dijo avergonzada por no haber sido más rápida.

Se dirigió a toda prisa al baño del andén para poder refrescarse. Sentía que su temperatura había subido varias décimas con ese inocente contacto, no sabía que clase de atracción producía en ella ese extraño y no era el momento de analizarlo. Había quedado en ridículo delante del hombre más seductor que había conocido, supuso que de todas formas no habría tenido ninguna oportunidad con él, pero… eso no hacía más fácil mantener el deseo a raya. Suspiró mirando su reflejo, lo que vio la dejó aturdida. Sus mejillas teñidas de un saludable rosa, sus ojos tenían un brillo especial y su boca estaba curvada en una sonrisa, reaccionar así no era propio de ella, pero no podía hacer nada más que alegrarse por volver a sentirse viva. Salió del lavabo deseando llegar a su casa y poder darse el baño de espuma que se había prometido a si misma.

Se sobresaltó cuando al llegar a la puerta de su apartamento vio a alguien esperando, la oscuridad le impedía saber quien era. Pensó seriamente si debería darse la vuelta y fingir que ella no vivía allí o tendría que ponerse a gritar. El hombre se levantó y la arrastró hacia las sombras, justo cuando un grito estaba a punto de salir de su garganta el hombre la silenció con un beso. En circunstancias normales, ella habría forcejeado, pero lo reconoció de inmediato a pesar de que nunca había probado su sabor. No sabía como había averiguado su dirección, pero tampoco le importaba en esos momentos. Él se separó levemente de ella dándole tiempo a recuperarse.

-¿Quién eres?- preguntó en un susurro.

-Me llamo Nate y te deseo- contestó él.

Confusa por este cambio en el misterioso hombre del metro, no supo que decisión tomar. No era una chica fácil, pero no se sentía con ánimos de negarse el placer de disfrutar de saludable sexo y mucho menos con él.

-Vamos a mi apartamento- dijo Ámber.

Una vez dentro del apartamento, el comenzó a besarla desesperadamente y no paró hasta que ambos estuvieron sin aliento. Jadeando, ella le fue desabrochando la camisa para dejar al descubierto un hermoso torso. Lo recorrió de arriba a abajo, deleitándose en las ondulaciones de los músculos de Nate. Se sintió cómoda con él y supo que él le dejaría experimentar lo que desease, que él estaría a su disposición. Decidida a probar por completo su cuerpo, comenzó a bajarle los pantalones y en su camino arrastró también los calzoncillos del hombre. Él se arqueó hacia ella en una invitación muda. Ella tranquilamente terminó con su tarea y lo observó. Vio a aquel hombre imponente vestido simplemente con su camisa abierta y bebió de esa imagen hasta que creyó que no podría permanecer de pie por más tiempo. Se sentía embriagada por su belleza.

-Siéntate- ordenó ella.

Él se reclinó contra el sillón y abrió sus piernas para que se acomodase entre ellas. Así lo hizo, se puso entre ellas y comenzó a humedecer su pene con su lengua, recorrió toda su longitud y después de asegurarse de que estaba bien lubricado lo introdujo en su boca. Su sabor, la dejó totalmente extasiada y cerró los ojos para poder concentrarse en la sensación de su miembro entre sus labios. Podía sentir como él respiraba con dificultad y se sentía cada vez más satisfecha consigo misma. Una de las manos de él se aferraba con fuerza al asiento y la otra se encontraba sujetando de la cabeza de ella, intentando que tomase más de él. Podía saborear el líquido que su miembro expulsaba cada vez con más frecuencia y sin previo aviso él la apartó. Ella se sentía molesta por esa interrupción y además quería tener pleno acceso a su sabor.

-Me iba a correr- dijo él con la voz ronca por el deseo.

-Lo sé. Esa era la idea- dijo ella totalmente confundida.

-Aún no, preciosa. Tengo mucho más que darte- susurró en su oído consiguiendo que ella se estremeciese.

Él se levantó y la llevó hacia su habitación. Él comenzó a quitarle la falda que ella llevaba sin ninguna delicadeza y gimió al percatarse de que no llevaba ropa interior. La dejó tal y como ella había hecho con él, solo con el fino jersey que llevaba. Ella se sentía expuesta y vulnerable, sentía como sus manos recorrían sus nalgas y su boca besaba su vientre. Ella aprovechó el momento para retirarle la camisa, que cayó olvidada en un rincón. Sintió sus manos recorriendo sus labios vaginales y no pudo evitar un estremecimiento. Sintió como la boca de él se curvaba en una sonrisa. La humedad resbalaba entre sus muslos y deseaba que aliviase el deseo que quemaba sus entrañas. Las manos de él, separaron sus muslos cuidadosamente y ella se apoyó en sus hombros. Soltó un respingo cuando notó la lengua de él recorrer sus pliegues. Las manos de él se situaron en sus nalgas y la sujetó mientras ella se retorcía de placer. Notó como la lengua de él encontraba su clítoris y cayó al abismo del placer. Gritó hasta quedarse sin fuerzas y él la llevó a la cama con cuidado.

Las manos de él recorrían su cintura perezosamente y ella poco a poco recuperó las fuerzas. Los labios de ambos se encontraron en un beso frenético, quería llegar más lejos. Ámber sintió como él se posicionaba en su entrada y gimió involuntariamente. Se miraron a los ojos durante unos segundos, sabiendo cual era el siguiente paso. Sintió como la penetraba, centímetro a centímetro, ella era muy estrecha y él era demasiado grande. Sintió el calor de él penetrando en su interior y con cada vaivén estaba más excitada y perdida que nunca. Sus manos aferraron los brazos de él y se elevó al mismo tiempo que él la penetraba. Intentaba facilitarle el trabajo y pronto ambos estaban sudorosos y jadeantes. El ritmo se rompió y ambos se lanzaron a una desesperada carrera por encontrar el placer. Ella gritó su orgasmo y sus espasmos lo atraparon. Nate se derramó en ella y una sensación de calidez los envolvió.

-Me tengo que ir- dijo Nate cogiendo su camisa y abrochándosela.

-Lo sé- respondió.

-Volveré a verte- dijo mirándola a los ojos- Todas las noches.

-Te estaré esperando- contestó con una sonrisa en los labios.

5 comentarios:

  1. Hola ^^

    Muy buen relato.

    Un saludo.

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    Respuestas
    1. Gracias Kelly!!!

      Me alegra que te guste.

      Besos.

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  2. Buenas ^^

    Disculpa que no haya visto tu relato todavía, pero llevo una semana que voy corriendo como un pollo sin cabeza. Ya he subido tu relato a la lista de mi blog ;)

    Decirte que ha sido muy apasionado, aunque un poco precipitado. Pero me ha encantado lo de "Me llamo Nate y te deseo", jajajaja.

    Un beso :*

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    Respuestas
    1. Gracias Paty, es que soy un desastre haciendo las cosas con calma, la vida es corta y deseo que mis personaje no pierdan demasiado el tiempo, jajaja.

      Un besazo y gracias por organizar una actividad tan divertida.

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  3. Hola, Susana!!

    Me gustó tu relato, quizás sí es un poco corto, como dice Paty -ella es la especialista, así que hagámosle caso :-) - pero me parece que está muy bien narrado.

    Besos!!

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Gracias por comentar.

Susana Barreiro. Con la tecnología de Blogger.

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